Roberto nació una neblinosa mañana típica del noroeste, allá por el 81, mientras su madre freía unos churros. La transmigración genética dio sus frutos en él, conductor brillante de rebaños, ser de elevadas miras, experto en jugar a la rana. Roberto no era una persona cualquiera, no. De tan especial que era, lo era hasta para si mismo.
Tras comprobar que en los mails que escribía, hablaba de él en tercera persona (disculpen, rectifico, "hablaba de El"), el vulgo no podía más que preguntarse si también lo haría en la intimidad…
- ¿Quieres algo, nene? -preguntaba su madre, preocupada ella por el desarrollo físico y espiritual de su Retoñus Máximus, pontífice del santo porrón.
- Roberto quiere más lentejas -contestaba Roberto.
- Pero nene… ¿quién es Roberto? ¿Con quien hablas?
- Madre, Él es Roberto, San Roberto Egocentrista.
Llegó un día en que Roberto era tan listo y tan guapo… era semejante representación de la virtud, tenía tanto desparpajo, y hacía unos huevos fritos tan sumamente buenos, que decidió meterse a fotógrafo. Roberto triunfal. Roberto imperator. Roberto el rey del mambo. Roberto el jodido crack.
Cursando Roberto 2º de fotografía en la ECAM (segun relataba Roberto allá por donde Roberto pasaba), Roberto el mesías salvador descubrió que había una cosa que desbordaba su paciencia. RobertoMoises separando el Mar Rojo encontró su talón de Aquiles.
Y éste no era otro, que el escuchar a la gente llamándole Roberto.
Pero Roberto, joder, tu no te preocupes, que nosotros te queremos igual. Aunque seas el rey de la crítica insulsa, apaciguador de ladrillos, señora en la cama y puta en tu casa. Piensa que, con los avances de la tecnología, en un momento dado, conseguiras tocarte el culo con la lengua, Roberto. Imagina entonces, presa de la emoción, el fin de esas largas noches de llanto porque no hay nadie cerca que pueda chupartela.
Roberto Magno, el Rey de Onán.