El viaje.
November 29, 2007Según se rumorea, hay ciertas personas que, sentadas en el metro, tienden a inclinarse, adquiriendo una torsion de unos (quitame allá) 30º con el plano horizontal.
La situación:
Ustedes dan con una de estas personas. Como son un poco quisquillosos con lo de ser tocados por desconocidos (siempre que se pueda evitar) intentan volver al átomo, desaparecer en la niebla, o regresar al útero materno (a elección)
En pleno proceso trifásico de implosión, y habiendo conseguido su meta (no ser tocados) la Interfecta (en este caso) de los 30º comienza a rascarse una oreja, con semejante fruición que temen por su salud. Con la inclinación, ven ustedes (oh musas, oh pasmo) que un torrente de pielecillas y cerúmenes varios se está desencadenando sobre su brazo, pierna, y abrigo apoyado sobre los anteriores.
Sin embargo, en un alarde de altruismo, y como en la variedad está el gusto, la Interfecta combina, en un ritmo sinfónico, el rascado de oreja con el rascado de cabeza (cascadas de caspilla blanca se precipitan sobre ustedes)
En ese momento, y por llámenle falta de sueño, llámenle exceso de cafeína, llámenle puto asco que les desborda y les desencaja el componente mandibular, se ven presos de un acceso del jodido ataque de risa histérica más grande visto jamás-nunca, que les transporta a sus casas y les sienta delante del ordenador.
Y mañana más, Santo Tomás.
Cuarenta minutos de viaje.
Qué puto infierno.



